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Relato: títeres

-Tómate esto niña, te ayudará a dormir.

El mundo perdió consistencia a su alrededor mientras aquellas sombras a las que tanto temía se apoderaban de todo su ser.

Hasta hacía unos pocos días todo su mundo se había reducido al pequeño orfanato. Su única familia había sido las pocas monjas que la habían criado; a ella y a una veintena de niños más que compartían aquel viejo edificio perdido en mitad del bosque. Leonora era una de las mayores y tenía pocas esperanzas de conocer a su familia o encontrar a una nueva. Su futuro pasaba por convertirse en una de las novicias de la orden cuando fuera lo suficientemente mayor y convertirse de esa manera en una nueva madre para las nuevas generaciones de niños perdidos que irían llegando al orfanato. No era una vida llena de aventuras, de esperanzas, de grandes proyectos, pero tampoco había conocido más y por ello podía vivir de forma plácida sin hacerse falsas ilusiones.

Pero una semana atrás las cosas empezaron a cambiar. Tras la visita del hombre de negro, las hermanas parecían más nerviosas. No acostumbradas a las visitas, semejaba que alguien hubiese invadido su pequeño santuario alejado de la civilización. Pero lo que más extrañó a Leonora fue que ninguno de los otros niños se diera cuenta que aquel hombre no pertenecía a aquel lugar. No sabía cómo explicarlo, pero cuando le miraba, ante él parecía superponerse otra figura, otro ser de aspecto tenebroso de ojos amarillentos cuyo cuerpo estaba repleto de escamas y poseía unas largas extremidades acabadas en afiladas garras. Aquél extraño personaje no estuvo mucho tiempo en el orfanato y tan sólo cruzó la mirada una vez con la niña. Fue tan sólo un segundo, pero durante aquel tiempo un escalofrío recorrió su cuerpo mientras todo lo que había a su alrededor pareció envejecer rápidamente mientras la luz se convertía en oscuridad. No le dio mayor importancia, debía tratarse tan sólo de su imaginación. Se frotó los ojos y al parpadear todo había vuelto a la normalidad.

El primero de los incidentes no se hizo esperar. Tan sólo un día después que el hombre oscuro hubiese visitado el orfanato, apareció muerto uno de los perros que merodeaban por los alrededores.

No era infrecuente que de vez en cuando llegara un perro vagabundo al lugar. Los niños se encaprichaban rápidamente de ellos e incluso sacrificaban parte de su propia comida para alimentar a las esqueléticas bestias. Las hermanas que cuidaban del lugar veían con buenos ojos aquel comportamiento: los niños eran capaz de dar a aquellos animales todo el amor que ellos no recibían por parte de una familia. Era importante que aprendieran el significado del amor de una forma u otra.

Hacía varias semanas había llegado un perro de raza indefinida al lugar. Como siempre, acabó siendo uno más de la ya de por sí numerosa familia. Los niños jugaban con él y no tardaron en apodarle Fatigas por su carácter tranquilo y su aparente falta de vitalidad. El perro, que no pasaba de ser un saco de huesos cuando llegó, recuperó parte de su energía y dejó que los niños jugaran con él sin perder nunca su carácter pausado. Pero todo cambió cuando el hombre de negro abandonó el lugar. Fatigas empezó a mostrarse hosco y rehuía de los niños como si supiera que algo malo pasaba. No enseñaba ni mucho menos los dientes pero por algún motivo sabía que no debía permanecer cerca de aquellos que le habían salvado de convertirse en uno de los muchos sacos de pulgas que morían en mitad del bosque. Los niños no entendían qué podía pasar y los más pequeños lloraban desconsolados por no poder acercarse a su nuevo amigo. Al día siguiente encontraron a Fatigas muerto.

Su cuerpo apareció frente a la entrada del orfanato. Sus tripas se encontraban completamente desparramadas por el suelo y un evidente rastro de sangre dejaba entrever que el perro se había arrastrado para morir en aquel lugar desde el interior del bosque. Parecía talmente que un animal salvaje hubiese destrozado la barriga de la pobre bestia. Los niños lloraron desconsolados durante horas y las hermanas y los más mayores se pasaron el día consolándolos tras realizar un funeral en el patio por su compañero perdido.

Si todo hubiese acabado aquí nada habría alterado en demasía la vida del tranquilo orfanato. Pero el suceso del perro fue tan sólo el comienzo.

Vigo era uno de los niños del orfanato. Un niño que pese a su angelical cara vivía en un infierno debido a su profundo autismo. Pasaba horas alejado del resto, abrazado a un viejo oso de peluche que había perdido hacía tiempo uno de los negros botones que le servían de ojos. Sinceramente nadie le prestaba mucha atención: no molestaba, comía a su hora y nada parecía poderle sacar de su estado de aislamiento. Por ello nadie notó su desaparición hasta que fue demasiado tarde.

Fue Leonora quien se dio cuenta que Vigo no les acompañaba a la hora de comer. No era habitual, pero no le dieron mayor importancia. Creían que simplemente en aquella ocasión su autismo le había hecho perder la noción del tiempo y que no tardaría en aparecer. Pero tampoco acudió a la hora de cenar y fue entonces cuando las hermanas empezaron a buscarlo desesperadamente. Gritar no serviría de nada, el niño nunca escuchaba las palabras de los demás, y aquella búsqueda se convirtió en un juego del escondite en el que tuvieron que recorrer el orfanato y los alrededores palmo a palmo. El único rastro que encontraron fue el osito de peluche completamente destrozado en el patio de atrás. Lo que más temían pareció hacerse realidad cuando comprobaron que los restos estaban completamente empapados en sangre.

Leonora pese a ser tan sólo una adolescente, era una chica muy inteligente y madura para su edad, supo enseguida que no debía tratarse de un animal salvaje cuando las hermanas optaron por ocultar su hallazgo y no hablar con la policía. Ya de noche, cuando todos los niños dormían, se deslizó de su habitación hasta la zona en la que moraban las hermanas. La madre superiora hablaba por teléfono con alguien comentando extrañas cosas sobre un mundo oscuro y una hermandad religiosa que desconocía llamada de la ascensión o algo similar. ¿Se trataría de una alegoría al infierno del que tanto le hablaban? Por lo que pudo escuchar iban a enviar a alguien para que investigara lo que estaba sucediendo. Leonora prefirió no arriesgarse más y volvió sigilosamente a su habitación.

A la mañana siguiente un nuevo desconocido llegó al orfanato. Se trataba de un hombre de edad avanzada, de mirada huraña pero con gran vitalidad en ella. Vestía un antiguo hábito monacal, como si hubiese salido de aquella novela de ‘El nombre de la Rosa’ que tanto le gustaba. Lo que más destacaba en él era un antiguo crucifijo plateado que llevaba colgado del cuello que seguramente había vivido tiempos mejores. Las hermanas reunieron a los niños en el patio y lo presentaron como el Maestro Malakai. El maestro iba a pasar unos días en el orfanato para supervisar su buen funcionamiento y se pidió a los niños que se portaran bien con su invitado y que obedecieran todas sus órdenes. No fue un discurso largo, pero en ningún momento el maestro Malakai le quitó el ojo de encima a la joven Leonora.

Durante el día Malakai recorrió el orfanato y hablo con la totalidad de los niños con excepción de Leonora. Parecía evitarla y cuando se dirigía allí dónde la adolescente se encontraba siempre hallaba una excusa para cambiar de rumbo.

Aquella noche Leonora tuvo sus primeras pesadillas. Se encontraba en el orfanato. O quizás no fuera aquel edificio después de todo. Reconocía su estructura, pero era como si hubiesen pasado cientos de años o una gran guerra hubiera acabado con el edificio. Se encontraba sola en la habitación, o al menos eso creía. De alguna forma notaba que en las camas mugrientas de la habitación había otros seres. No los niños que ella conocía tan bien, si no completos desconocidos que la llenaban de temor. De pronto la escasa luz que reinaba en aquel lugar desapareció de golpe dejándola en la más completa oscuridad. El más absoluto terror se apoderó de su ser. Leonora le tenía pánico a la oscuridad y con un grito de angustia despertó en la cama del orfanato totalmente desorientada. A su lado se encontraba el maestro Malakai con una mano colocada en su frente. Sin decir una palabra se levantó y abandonó el dormitorio dejando a la niña sola una vez más.

Cuando hicieron el recuento a la mañana siguiente dos niños más habían desaparecido. Se trataba de los gemelos Erika y Leopold. Nunca se separaban. A pesar incluso que las normas del orfanato impedían que durmiesen juntos chicos y chicas. Nadie consiguió que se adaptaran a vivir en el lugar hasta que les dejaron compartir una misma habitación. Cuando fueron a buscarles a su pequeño dormitorio Malakai fue el primero en entrar al lugar y salió rápidamente para pedir a las hermanas que no dejaran entrar a nadie. Por un momento Leonora pudo ver el interior de la habitación antes que el monje cerrara la puerta. Estaba todo completamente destrozado y en el suelo pudo entrever los cuerpos de los dos hermanos partidos por la mitad. A cada uno de ellos le faltaba una de las partes. Aquel día los niños permanecieron recluidos dentro del orfanato, sin poder salir a la calle, bajo la atenta mirada de las hermanas.

Cuando la noche volvió a envolver el lugar Leonora no podía dormir. Era como si una lejana voz le susurrara a los oídos desde la lejanía. No sabía cuántas horas podían haber pasado desde que se metió en su lecho y empezó a dar vueltas buscando el sueño perdido. Cuando no pudo más se levantó y salió al pasillo en busca de aquella insistente voz que se había metido en el interior de su cabeza.

Vagó sin rumbo concreto por los pasillos del orfanato. A pesar que conocía a la perfección aquel lugar, desconocía por completo dónde se podría encontrar. De pronto vio a la bestia delante suyo. Se trataba de una especie de masa informe de carne que reptaba por el suelo torpemente. No debía ser más grande que ella pero de su forma principal surgían zarcillos carnosos que sujetaban la cabeza de Vigo y lo que seguramente habían sido las dos partes desaparecidas de Erika y Leopold como si de una macabra marioneta se tratara.

Leonora estaba completamente aterrorizada. La bilis le subió hasta la boca y no tardó en dejar caer lo que seguramente había sido su cena. Presa del pánico la niña no se pudo mover.

La que había sido la cabeza de Vigo empezó a hablar.

-¿Leonora no me conoces? Acércate no te pasará nada. Estaremos juntos para siempre.

La niña comprendió que aquellas eran las palabras que le habían susurrado durante toda la noche al oído y que de una forma hipnótica la condujeron hasta aquel lugar. La criatura se alzó torpemente mientras aquellos cuerpos fláccidos y carentes de vida parecían quererla abrazar. Una boca repleta de dientes inhumanos se abrió para atraer hacia así el tembloroso cuerpo de la niña en un afán de devorar todo su ser.

Leonora reuniendo todas sus fuerzas gritó. Gritó como nunca antes lo había hecho. Gritó no sólo con su cuerpo, con sus pulmones, si no también con toda su alma y su espíritu. Una luz blanca, cegadora, surgió de ella inundando aquel oscuro pasillo con una luz que cualquiera podría haber atribuido a los mismísimos ángeles.

La criatura quedó paralizada. Como si aquella luz hubiese deslumbrado unos invisibles ojos que la niña no podía ver en lugar alguno. Todo se llenó de calma cuando la mano del anciano monje se posó cálidamente sobre el hombro de la pequeña.

-Sabía que podrías detener a la criatura. Pero tranquila, no te habría dejado morir. Al fin y al cabo todo esto – dijo señalando el orfanato- es por ti.

Leonora no podía hablar. Aquello, sea lo que fuese lo que había hecho, la había dejado completamente agotada. Sentía como si su cabeza hubiese perdida una parte de sí, notaba que se encontraba de algún modo vacía.

-Má… mátela…. A …acabe con ella – fueron las únicas palabras que consiguió pronunciar la niña.

Malakai quitó la mano de su hombro y se acercó a la criatura que parecía yacer indefensa en un rincón del pasillo.

-¿Consideras que es un monstruo verdad? Que debería morir simplemente por el hecho de ser diferente a nosotros y por haber acabado con la vida del perro y de tus compañeros. Leonora, te queda mucho por aprender. ¿No has llegado a pensar que para este ser somos nosotros los monstruos extraños que le rodean? Y en cuanto a tus compañeros, ¿no has pensado que nosotros también matamos y devoramos a otras criaturas para alimentarnos? ¿Quién somos nosotros para juzgar si este ser tiene derecho a alimentarse de nosotros o no?

El viejo contemplaba la criatura con un verdadero sentimiento de pena.

-Mi querida niña. Hasta ahora siempre has aprendido solamente de una de las caras de la moneda. Conoces tan sólo uno de los puntos de vista que te permiten diferenciar lo que es el bien y lo que es el mal. ¿Pero puedes llegar a comprender también el otro punto de vista? Lo que es malo para ti puede ser bueno para otros. Desafortunadamente tienes razón. No podemos dejar a esta criatura viviendo aquí. Éste no es su mundo. No tardarás en aprender quiénes son los miembros de la Hermandad de la Ascensión, culpables de la aparición de esta criatura, pero para ello deberás acompañarme. Leonora ha llegado que cumplas con tu destino, que te conviertas en mi aprendiz y formes parte tal y como estaba predestinado de la Cábala de Morfeo, la asociación a la que pertenezco. Eres increíblemente poderosa, quizás la más poderosa desde el Primer Volador. Pero aún tienes que aprender.

El viejo monje sacó una botella de su hábito y roció con su contenido a la bestia que producía un extraño gemido signo de su evidente terror. Malakai encendió un mechero y lo lanzó contra la criatura que empezó a arder y a deshacerse entre terribles estertores mientras aquel macabro títere formado con las partes de sus antiguos compañeros gritaba agónicamente.

Al día siguiente Leonora abandonó el orfanato y se unió a Malakai en su retiro en el viejo templo del dios de la medicina.

De noche la niña aún podía escuchar los susurros de aquel ser:

-Yo también tengo derecho a vivir.


Nota: El dibujo que acompaña el relato ha sido realizado por JC. ¡Muchas gracias!

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